
Enviado especial en Europa, Oriente Próximo y América, Manuel Blanco Tobio (1919-1995) es el primer periodista que informa sobre el desembarco americano en Bahia de Cochinos. Admira, sobre todo, la seriedad cultural anglosajona: son climas, dice, que meten a los pueblos en las bibliotecas.
"EL ÚLTIMO, QUE APAGUE LA
LUZ"
Madrid, 10 de Noviembre (1989) POR MANUEL BLANCO TOBIO
La República Democrática de Alemania se incorporó tardíamente
a la ventolera del reformismo, o quizá regeneracionismo, de la Europa
del Este. Estaban los polacos y los húngaros tirando por la ventana todo
su pasado comunista, pero la RDA daba la impresión de que se mantendría
fuera del tumulto, bajo el patriarcado de Erich Honecker. Ningún líder
comunista europeo podría presumir más que él de fidelísimo
a la URSS y a la memoria de Stalin, continuando la tradición que había
iniciado Walter Ulbrich.
Y, de repente, los alemanes del Este se echaron a la calle, reclamando libertades
y elecciones, y ahora mismo, sin un muerto, sin que se oiga una sirena de ambulancias,
un millón de ellos, según se calcula, se dispone a abandonar el
territorio de la República. El Gobierno, al fin, ha proclamado su política
de pasaportes y visados libres, y el que quiera marcharse, que se vaya. Probablemente
nos hallamos ante un acontecimiento sin precedentes en la Historia. Toda una
nación de 17 millones de habitantes ha tirado del tapón de la
bañera, y agua abajo comienza a vaciarse. Hace unos días, vimos en un
periódico berlinés un dibujo: una multitud estaba evacuando un
lugar, y alguien decía: "El último que salga, que no se olvide
de apagar la luz." Por supuesto, el lugar era la República Democrática.
Esta estampida de los alemanes del Este es rara. La gente suele aferrarse al
mundo en que nació, por hostil que le sea. Uno se pregunta, a veces,
cómo los sudaneses, o los libios, o los afganos, se pueden jugar la vida
defendiendo lo que no son más que vastos arenales, o maniguas, o pedernales.
Hace años, circulaba por ahí una viñeta en la que un jeque
árabe mostraba el desierto a su hijo, y poniendo una mano sobre su hombro
le decía: "Piensa, hijo mío, que algún día
todo esto será tuyo."
Piensen ustedes, en cambio, en la Alemania del Este, con sus bellísimas
ciudades, como Dresden o Leipzig, con sus grandes Universidades, con sus espléndidas
orquestas sinfónicas, y un alto nivel de vida ligeramente inferior, en
sólo 500 dólares de renta anual per cápita, a la República
Federal. Y piensen ustedes en las carreras, en las posiciones profesionales,
en los derechos adquiridos de todas esas personas que con lo puesto han franqueado
mil obstáculos, han viajado cruzando fronteras y se han plantado en la
otra Alemania, a enfrentarse con todos los problemas que esperan siempre a un
refugiado: conseguir una vivienda, encontrar trabajo y adaptarse a la libertad.
No crean ustedes que es fácil adaptarse a la libertad. Ha habido gentes
que después de huir de algún país comunista han regresado
a él, porque no sabían vivir en libertad. Recuerdo haber leído
un libro, hace muchos años, de una tal Bárbara Grunert-Bronnen,
que se titulaba "Soy ciudadana de la RDA y vivo en la RFA". Era un
libro de lamentación de haberse ido de su tierra. Una inadaptada más,
pero ciertamente no sola. En la década de los sesenta, tres millones
y medio de alemanes del Este huyeron a la del Oeste, pero lo que sabe poca gente
es que no menos de medio millón, en ese mismo tiempo, regresó
a su origen, a sabiendas de las oportunidades económicas que habían,
abandonado y de los riesgos políticos.
La huida de los alemanes del Este a la Alemania del Oeste no es cosa de ahora,
pues. Esos tres millones y medio sólo para la década de los sesenta,
debió seguir aumentando en años sucesivos, pero por esa época
ya las autoridades comunistas comenzaron a sospechar algo increíble:
que su República muy bien podría despoblarse, al ritmo que llevaban
las fugas. Comenzaron las restricciones, y toda la frontera que recorre el Elba,
poco más o menos, fue erizándose de púas, alambre de espino,
torres de vigilancia y perros pastores, recibiendo los centinelas órdenes
de disparar a matar, y vaya si disparaban y si mataban. Por último, en
1961, de la noche a la mañana, que es lo que por lo visto el demonio
tardó en construir el acueducto de Segovia, en Berlín levantaron
un regimiento de albañiles el famoso muro, que llamamos de la vergüenza,
pero del que hombres como Honecker parecía que estaban bien orgullosos.
Según ellos, el muro lo habían construido no para que los alemanes
del Este huyesen al Berlín Oeste, sino para que ¡los alemanes del
Oeste no se pasasen al Berlín Del Este. Delante de este muro, desde una
tribuna improvisada, los hombres más ilustres de este tiempo han pronunciado
discursos memorables. Desde allí, gritando al Este, dijo Kennedy aquello
de "Ich bin ein Berliner", y mucho más recientemente Reagan
rogó a Gorbachov: "Por favor, señor Gorbachov, derribe ese
muro." Era, pues, como eso: como hablar a una pared. No hay sordera comparable
a la de un buen comunista. Los Ulbricht, los Honecker y demás camaradas
han permanecido absolutamente sordos a lo largo de más de cuarenta años,
y sólo ahora parecen haber oído voces, seguramente no saben dónde,
todavía.
Como ya dije, se calcula que quizá un millón de alemanes se vaya
de la República Democrática en los próximos meses. Pero
nadie podría predecir si los huidos se van a parar en ese número,
o si van a continuar buscando refugio en la RDA. Pueden imaginarse ustedes las
consecuencias si la estampida continúa hasta los dos, o tres, o cuatro
millones. Absorber
semejante cantidad de gente que tiene que partir de cero, o casi, no creo que
pueda hacerlo ni siquiera un país tan rico como es la RFA, y cuyo genio
nacional es la capacidad de organización. El impacto de semejante masa
humana podría volcar cualquier otro país europeo. Ahí tenemos
a Francia, que no ha podido digerir bien su población norteafricana,
o a la Gran Bretaña, que en cuanto China hizo la pirula de Tiannamen
despachó corriendo a sir Leslie Howe a Hong-Kong, para disuadir a aquellas
gentes de sus proyectos de establecerse en Inglaterra, cuando China se hiciese
cargo de la colonia, en 1997.
Tan catastróficos podrían ser los efectos de una migración
alemana en masa que estamos autorizados a pensar que a lo mejor esa generosidad
de dar a voleo pasaportes y visados lleva dentro algo más que buenas
intenciones. Apenas podría pensarse en algo más perturbador de
la vida de Alemania Federal, es cierto. Pero si las autoridades (?) germanas
del Este creen que con eso le crean un problema agobiante a sus vecinos del
Oeste y que los ciudadanos que opten por quedarse van a seguir siendo dóciles
y disciplinados camaradas, han leído mal el mensaje. Esa Alemania que
se ha abierto las venas de su población, que se va a quedar sin los más
laboriosos y los mejor preparados, como país se ha descalificado. Su
breve historia de menos de medio siglo ha llegado a un abrupto final.
El rescate de un país así volcado, que primero ha humillado y
castigado a sus gobernantes, y que después se ha vaciado, sólo
podría hacerlo, en su día, la reunificación de Alemania,
el gran tema que hasta hace unas semanas nadie se atrevía a abrir porque
era la caja de Pandora de una Europa arrepentida de lo que Quevedo llamaba sus
locuras, temerosa siempre de Alemania, pero admiradora siempre de ella, y más
necesitada de ella ahora que nunca.
Sigamos, pues, contando, hasta que alguien nos diga algo parecido a esto: "En
el día de hoy ha salido de la ex República Democrática
Alemana el último ciudadano que quedaba."